Fil
Abrigo granate de lana con cuello alto

Palma2020

Vermell

todos los rojos de una isla, en punto

VermellPalma, 2020

Aina Bestard le está sacando todos los rojos a Mallorca

Aina Bestard tiñe lana con granada, cochinilla y almagre en una nave de Santa Maria del Camí y la manda a tejer a cuatro talleres familiares de la isla. El resultado son series de treinta a sesenta piezas y una gama de rojos que no se repite dos veces.

Texto
Irene Castaño
Fecha
9 de abril de 2026
Lectura
5 min de lectura
Manifiesto

Tejemosdespacioporqueelcolortambiénlohace:cadajerseypasapormanosqueconocemos,setiñeconloquedalatierraysaleconunrojoquenoserepite,enseriespequeñasquecuandoseacabanseacaban.Vermellesunaislapuestaasecaralsol.

A las nueve de la mañana, en una nave pequeña a las afueras de Santa Maria del Camí, hay tres ollas de acero al fuego y un olor que mezcla lana mojada y algo dulce, casi a mermelada. Es cáscara de granada hirviendo. Aina Bestard remueve una de las ollas con un palo de madera que ya tiene el color de todo lo que ha pasado por ahí y explica que hoy toca "el baño de base": el que da un fondo ocre a la lana antes de que la cochinilla haga su trabajo. En las cuerdas del patio hay madejas colgadas de la tarde anterior, del rosa teja al granate. Se secan al sol, sin prisa. Como casi todo aquí.

Vermell nació en 2020, en Palma, cuando Bestard volvió a la isla después de seis años en Barcelona, entre la escuela de diseño textil y un trabajo en el equipo de punto de una firma grande de la que prefiere no decir el nombre. "Aprendí mucho y también aprendí lo que no quería hacer", resume. Lo que no quería: colecciones de doscientas referencias, muestras que cruzaban tres veces el mundo antes de aprobarse, colores decididos por catálogo. Lo que quería: punto, Mediterráneo y una gama de rojos que se reconociera desde lejos. El nombre, "rojo" en catalán, lo tenía antes de tener la primera madeja.

El color lo pone la isla

La gama de Vermell sale de tres cosas: cochinilla, granada y almagre. La cochinilla, el insecto, la compra a un productor de Lanzarote, de los pocos que quedan en Europa; da los carmines y, según el mordiente y el pH del baño, se abre desde el rosa hasta un granate casi vino. La granada, cáscara que Bestard recoge en dos fincas de Sóller cuando acaba la temporada, no da rojo por sí sola: da un ocre cálido que ella usa de fondo para que los rojos no salgan fríos. Y el almagre, la tierra roja de toda la vida, fijado con alumbre, pone los tonos teja, más terrosos y opacos. Cada madeja pasa por dos o tres baños y ninguna sale exactamente igual que la anterior. En la etiqueta van el número de lote y la fecha del tinte.

Prendas de punto en tonos tierra colgadas de un perchero
Prendas de punto en tonos tierra colgadas de un perchero

Un rojo químico es el mismo en Palma que en Shanghái. El nuestro depende de si ha llovido, de la granada de ese año, de cuánto rato me distraigo hablando por teléfono. Yo eso no lo veo como un problema, lo veo como el producto.

La lana es el otro pilar y también la parte menos romántica. La oveja mallorquina, la roja, con la cabeza del color de la marca, da un vellón demasiado basto para llevar sobre la piel, así que Bestard trabaja con una base de merino de la meseta hilado en Béjar y lo mezcla, en algunas piezas, con un diez o quince por ciento de lana isleña lavada en un pequeño lavadero de Campos. La mezcla da cuerpo y ese pelo irregular que se ve en los cuellos gruesos. Nada de acrílico, nada de nailon en los puños. Los botones, cuando los hay, son de cuerno o de coco.

Talleres con apellido

Vermell no tiene fábrica. Tiene cuatro talleres, todos familiares, todos a menos de cuarenta minutos en coche desde Palma. En Manacor, Margalida y su hija Cati llevan dos tricotosas manuales que compraron de segunda mano cuando cerró la última fábrica de género de punto de la comarca; hacen los jerséis de galga gruesa y las bufandas. En Llucmajor, un matrimonio que antes cosía para una marca de calzado remalla y remata a mano. Y en Sóller, un taller de dos personas se encarga de las piezas más finas, las de verano, en algodón y lino teñidos con los mismos baños. Cada serie son entre treinta y sesenta unidades. Cuando se acaban, no se repiten: puede que vuelva la forma, pero no volverá exactamente el color.

Yo sé cómo se llama la persona que ha hecho cada jersey y ella sabe a qué precio se vende. Eso, en el sector, es rarísimo. Y no debería serlo.

La última serie, que salió en marzo, se llama Sequer, como los secaderos donde en Porreres se ponen los albaricoques al sol. Son once piezas: un jersey de cuello redondo con el hombro caído, un chaleco de canalé, un cárdigan largo casi de batín, dos gorros, una bufanda ancha y, por primera vez, un vestido de punto tubular que se agotó en diez días. La paleta va del albaricoque seco al granate, con una novedad: un rojo lavado, casi rosa, que salió de un baño de cochinilla ya agotado y que Bestard decidió dejar tal cual en vez de volver a teñir. Los precios van de los 60 euros del gorro a los 340 del cárdigan. No hay rebajas porque no hay stock que rebajar.

Bestard no habla de crecer, habla de aguantar. Este año quiere formar a dos personas más en el tinte, porque hoy el cuello de botella es ella, y abrir la nave de Santa Maria un sábado al mes para que quien lleva un jersey de Vermell vea de dónde ha salido el color. Hay conversaciones con una tienda de Madrid y otra de Copenhague, y una condición que no negocia: que respeten las series, que nadie pida cien unidades de un mismo rojo. "Si un día hago cien jerséis iguales, ya no será Vermell", dice. Y vuelve a la olla, que empieza a hervir.